Merenderos del Río Dílar

David Rios

Poco a poco las sombras van remontando el valle, abriéndose paso entre espumas y álamos saciados de primavera.

Por las paredes de roca que encajan este tramo del Dílar todavía resuenan las risas de los niños, la música adolescente, las juramentos de amor eterno que suelen acompañar a los primeros besos...incluso la expresión complaciente del abuelo desde la felicidad de su hamaca, junto a la orilla,  dejó un tenue eco  perceptible tan solo desde la ribera sensible.

Pero ya marcharon todos. De repente, el silencio inunda ambas márgenes y hace posible escuchar de nuevo el diálogo primigenio de la naturaleza.

Esto no quiere decir que el coloquio antes no existiera; de hecho, el merecido y necesario descanso de las “manadas” de Homo sapiens disfrutando del entorno también es una forma de conversación directa, sin intermediarios, con un medio ambiente al que finalmente comprendimos se ha de respetar y proteger.

El ímpetu de las aguas mezcla entonces la pureza de su sonido cristalino con el rectilíneo aleteo del mirlo acuático.

La hembra recién parida de cabra montés descansa tumbada junto a cualquier remanso del río, sin perder de vista los juegos y chapoteos del pequeño choto que alumbró hace unos días.

El astuto zorro ya ha salido de la madriguera para merodear, de una forma metódica, el mobiliario de madera habilitado para uso y disfrute de los excursionistas a lo largo de este trecho de curso fluvial. Anda a la caza y captura del bocadillo de turno a medio comer, de ese hueso de melocotón o piel de plátano a los que su consideración de “biodegradables” les haya salvado, -in extremis-, del esforzado y cívico paseo hacia el contendor más próximo...

 

Languidece la tarde de domingo aguas abajo

En plena agonía dominical de la luz, aún le queda tiempo al sol para lanzar un fugitivo y certero rayo a la garganta labrada por las tumultuosas aguas del Dílar.

Como magnífico y apropiado colofón a la jornada festiva vivida hoy a ambos lados del cauce, el cálido fulgor captura de lleno a la lavandera cascadeña que en ese preciso instante se posa sobre la mesa caprichosamente elegida por el astro rey.

Durante apenas unos segundos, la nerviosa pajarilla se sabe la estrella del momento. De este penúltimo e inesperado destello de magia que el domingo en su ocaso ha sido capaz de regalar.

Quizá quede tiempo para un último suspiro de esperanza, otro sorprendente guiño del destino, antes de que el lunes asome su temida faz sobre el horizonte.

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