Reflejos del Valle

David Rios

A algunas de las hojas que hoy se arremolinan, nerviosas y sin rumbo, por las cuatro esquinas del Valle ya las conocí el año pasado.

Llovían incesantemente, desnudando los árboles de la Ciudad Universitaria, durante aquel último viaje de finales de noviembre. Cerrabas los ojos vencidos por la enfermedad, reservando tu penúltimo aliento, como si supieras que ya habías visto todo lo que la vida te había permitido ver.

Imposible valorar la plasticidad de aquella bella estampa otoñal, de ir y venir de infinitas hojas que liberaba la alameda a nuestro paso. Simplemente materia inerte al abandonar la rama, recobrando un efímero momento de vida justo antes de tocar el suelo, iluminada la hoja por la cálida luz de la mañana. Un  definitivo destello de luz para luego alejarse, sin vuelta atrás, del mundo de los colores.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que saboreabas, "te maravillabas", de cada uno y todos los instantes de magia que nos regalaba el Valle. Nubes, cielos y montañas formando paisajes en perfecta armonía.

Imágenes guardadas, indeleblemente, en ese pequeño hueco que hay detrás de la retina -aún no descubierto por la ciencia-, y que conecta directamente con el corazón, desde donde afloran los más hermosos recuerdos en tiempos de sequía del alma.

Como la de aquel amanecer, con el sol aún oculto tras el Cerro del Caballo, impregnando de suaves y delicadas tonalidades rosáceas las faldas del Zahor. El mejor de los pintores no sería capaz  -ni siquiera acercarse a ello-, de reflejar en su virtuosa paleta los colores únicos e irrepetibles que vestían la piel de la montaña ese día.

Incluso las canteras dolomíticas, cinceladas con el sudor de varias generaciones, limaban sus agudas aristas reflejadas sobre el vasto espejo de La Laguna. Flotaban ingrávidas y sin tiempo, sobre la reluciente quietud de las aguas provenientes de las entrañas de Sierra Nevada.

Las cumbres más lejanas e inaccesibles, miradas con tus ojos grises de niño, parecían no solamente ser fácilmente alcanzables...hacías posible llegar a pisarlas sin mayor esfuerzo que el de nuestra imaginación. Gracias por alimentar nuestros sueños, papá y mamá.

 

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