Árboles en movimiento

Todo avanza, nada permanece en reposo para siempre

David Rios

Quien alguna vez se haya aventurado por la Rambla de Dúrcal sabe de la naturaleza descarnada de sus laderas, del reflejo cegador de sus blancas ruinas de roca. Nuestros pasos muchas veces retroceden para luego avanzar, jadeantes, tratando de remontar el sendero que serpentea entre la umbría y la solana. Pasando del hielo transparente con alma de cuarzo al agua fugitiva, huyendo del sol, por entre las rendijas de la arena.

 

Las lluvias torrenciales no dejan de mover las piedras del lecho. La lengua de grava se precipita lentamente -con la cadencia glaciar de millones de inviernos-, aguas abajo desde la cabecera del barranco. No por ello el intrépido árbol piensa cejar en su afán de crecer, de evolucionar. La semilla hace tiempo que encontró cobijo en pleno cauce del aquel caos de calizas y dolomías. Se hizo árbol, con sus raíces encontrando cada día la salida del laberinto cambiante, en continuo movimiento, del sustrato. Profundizaron rumbo al agua y al sustento mineral, envolviendo cantos, abrazándolos. Hoy extiende sus finos brazos de madera hacia atrás, en un último intento de evitar ser arrastrado por la corriente, como si quisiera agarrarse a la montaña. Mañana lamentará su vano esfuerzo, aprenderá que nada es inamovible en la naturaleza. Todo varía y progresa. Lo aparentemente estático e inerte cobra vida, evoluciona, si se aumenta la escala en la que se mide el tiempo.

El viejo pino no dispuso de ese tiempo para aprender la lección, antes de sucumbir a los elementos. Las inmediaciones de una cumbre no son buen lugar para desarrollarse, por más que, milagrosamente, se haya podido germinar. Tras apenas un siglo expuesto a los vientos dominantes, la savia detuvo para siempre el flujo por sus venas de ramas marchitas. Tampoco le sirvió de nada alargar sus brazos intentando asirse a lo fijo, a lo imperturbable.

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