Velocidades

Compartiendo tiempo y espacio en el Valle, a velocidades tan dispares

David Rios

No se sabe muy bien cómo, pero lo cierto es que hasta allí había llegado la tortuga mora, a las inmediaciones del Cortijo de Marchalejo, en la carretera que une Otura con La Malahá.

En ese mismo momento, a unos seiscientos metros aproximadamente en línea recta de dicho lugar, un cernícalo aprovechaba el tibio sol de la mañana para acicalarse el plumaje. Posado sobre la Cruz de la Atalaya, en los confines occidentales del macizo de Sierra Nevada, miraba también de reojo las vastas llanuras de Otura y El Padul. Tierras de alfalfa , cebada y almendros donde buscar cualquier pequeña lagartija, saltamontes o incauto ratón  que “llevarse al pico”.

Tras un breve y enérgico aleteo, despliega sus cortas al viento para dar comienzo a una nueva jornada de caza. Mueve el cernícalo incesantemente la cabeza de un lado a otro, buscando el rumbo más adecuado que le guíe hacia la primera presa del día.

Al oeste, un extraño y abombado intruso capta su atención. Dibujando en el aire una elegante pirueta de cambio de dirección, la rapaz sale entonces al encuentro de aquella inquietante criatura.

Con un firme batir de alas, pronto alcanza en su vuelo una velocidad de crucero de aproximadamente treinta kilómetros a la hora.

El esforzado reptil apenas puede recorrer un kilómetro durante una hora en lo que pretende ser una huida entre campos de cultivo y cárcavas labradas por la erosión

Para tal diferencia de ritmos entre perseguidor y perseguido, parece obvio que el momento del encuentro resulta inminente. La simple aplicación de la fórmula física correspondiente permitirá despejar la incógnita “tiempo” de manera sencilla.

Pero hay otro enfoque del problema. El que nos proporcionó en el siglo V a.C. el filósofo griego Zenón de Elea. Trata de demostrar mediante una serie de paradojas la imposibilidad del movimiento desde el punto de vista racional. La de Aquiles -permítaseme la licencia de haberlo reencarnado en cernícalo en este caso concreto- y la tortuga es una de ellas.

Cuando el cernícalo recorra la distancia de seiscientos metros que inicialmente le separa del quelonio, éste habrá avanzado veinte metros, la treintava parte de dicha longitud teniendo en cuenta la relación de velocidades indicada anteriormente.

Mientras el cernícalo sobrevuela los veinte metros a los ha quedado reducida la distancia entre ambos, la tortuga avanza de nuevo unos sesenta y seis centímetros. Cubiertos esos sesenta y siete centímetros, la separación será entonces de unos dos centímetros, y así sucesivamente...

 

Esto ocurre, dice Zenón, porque el movimiento como tal no existe, es simplemente una ilusión y no una realidad.

Esta teoría la postula huyendo del menor atisbo de análisis matemático del problema, aunque, sin proponérselo, su razonamiento supone una primera aproximación al cálculo infinitesimal...

Más allá de las connotaciones eminentemente filosóficas de la paradoja, la persistencia y tesón de la tortuga, decidida en su propósito de seguir avanzando a pesar de sus limitaciones, constituye todo un ejemplo. La recompensa de no desistir incluso en condiciones de clara inferioridad queda, en situaciones como la descrita, perfectamente manifiesta: el peligro o amenaza en ciernes, por mucho que se acerque, no alcanzará su propósito.

 

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