...DE FRONTERAS Y PEREGRINOS

Los bordes de la luz y el agua

jamás se detienen

 

David Rios

Imposible trazar de forma precisa, con exactitud, la delgada línea que separa la bravura del agua de los castigados guijarros de la orilla.

Gotas salpicadas fugazmente de luz o de sombra, cambiando a cada instante, que ríen y lloran al escuchar la canción de espuma del río.

Todo cambia, nada permanece inmóvil para siempre, incluso las fronteras.  Al pie del muro que levantó el hombre en su afán de dominar, acotarlo todo para erigirse el dueño y señor definitivo del territorio, ya arraigó la yedra y crece libre, indómito, el lirio.

La piedra de contornos suaves -lamida por el tiempo-, será testigo de cómo aquel primitivo límite creado artificialmente acabe por claudicar ante la inflexible constancia de la ley natural.

Sin aspavientos ni violencia, el pensamiento ávido de enclaustrar la diversidad no tendrá más remedio que convencerse al fin de lo que según muchos fue desde un principio una gran verdad: solo los tapiales diáfanos, de amplias puertas y ventanas, son los que logran ganarle la batalla al aislamiento y a la intransigencia.

Huecos que enmarcan paisajes únicos e irrepetibles, dejando pasar la arena que el viento  arrebató a desiertos lejanos.

Barreras permeables, también atravesadas por semillas volátiles que germinan mezclando las ideas y los sueños de ambos lados, de lo que en realidad son las dos caras de  la misma moneda.

Se anhela la globalidad, compartir la apertura de miras u horizontes  frente a los escenarios parcelados y sectarios de bordes infranqueables. Así será posible que el lirio disfrute , en cada momento, de la fachada que más le convenga: reconfortarse con la placidez de la solana en invierno o sestear a la umbría durante el estío.

 

Queda explícitamente prohibido sentirse extranjero, tanto en tu propia tierra como en cualquier otra parte del mundo; si acaso peregrino que haga suya la necesidad del auténtico viajero de impregnarse de  culturas distintas y distantes, de respetar sin la exigencia de tener que comprender las múltiples y variadas filosofías de vida practicadas por las gentes de éste, nuestro sorprendentemente bello planeta Tierra.

O tal vez, por unos momentos, convertirse en nómada del aire, hijo errático del dios Eolo a la simple búsqueda de climatologías más favorables. Como aquel noble halcón que, abandonando los rigores del norte de Europa, un buen día decidió quedarse a sobrevolar eternamente la bondad de los pueblos y campos del Valle.

 

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