BALCÓN DEL VALLE

Sobre los tejados sin tiempo

La criatura con plumas de algodón que aguarda inmóvil la llegada de las doce no conoce el significado del tiempo. No entiende de prisas ni de horas, pero cada noche, cuando ambas manecillas se unen apuntando -decididas- al norte del reloj, abandona su refugio entre campanas.

David Rios

La madre naturaleza, tan asimétrica como imprevisible la mayoría de las veces, sorprende en este caso por su estricta puntualidad, la del hábito creado por el mero instinto de supervivencia que hace que, noche tras noche, la lechuza de la torre salga de su fortín buscando el necesario sustento.

Mecidas por la brisa que a medianoche sube del río, unas alas blancas comienzan su recorrido por las calles de un pueblo que a esa hora descansa. Las luces de las casas poco a poco se han ido apagando, las últimas chimeneas encendidas lanzan al cielo imposibles -infinitas-figuras de humo que cobran vida agitadas por el viento. Danzan y serpentean en al aire, ascendiendo rumbo a las estrellas.

Apenas perceptible por el ojo humano, la rapaz se vuelve entonces fugaz destello, de un blanco inmaculado, que pasa velozmente sobre los tejados. Su fantasmagórica silueta se proyecta sobre paredes y adoquines, alimentada por las farolas que vigilan las esquinas.

Sobrevuela con mayor detenimiento los jardines y pequeños huertos diseminados por el núcleo urbano, batiendo sigilosamente sus alas entre los olivares y alamedas que se abren paso hacia la vega. Impresiona la perfecta geometría de su disco facial, actuando a modo de infalible radar que mueve de un lado a la vez que planea sobre el terreno. Bastará un insignificante crujir de ramas, una leve agitación del herbazal para que la lechuza se pose a escudriñar, con rigor milimétrico, la procedencia de la señal. A la caza y captura del roedor de turno, en la batalla diaria de la propia existencia.

Pero además de una eficaz desratizadora de campos de cultivo, controlando las plagas de topillos y demás roedores que llegan a arruinar cosechas, nuestra lechuza  atraviesa con su vuelo, cada noche, la frontera imaginaria que separa mitología de realidad. Símbolo atávico de la soledad eremita, del recogimiento interior, pasea su silueta de nieve sobre los sueños de niños y mayores.

Su mirada profunda le permite interpretar, saliendo por las chimeneas, los anhelos e ilusiones de los moradores de cada hogar. Contempla cómo los pequeños ya no imaginan mientras duermen canicas ni pelotas, si no videoconsolas peligrosamente adictivas o incluso móviles de última generación, a edades cada vez más tempranas. El adolescente tampoco sueña, ni por supuestos se desvela, ante la inminente declaración de amor del compañero/a de clase que le lleva rodando desde principio de curso: bastará un simple “like” en el teléfono para comenzar la relación. Incluso los padres de aquellos desconciertan a la tímida rapaz, ante el anhelo onírico del infortunio del vecino aún en detrimento del bien común, la filosofía del “todo vale”, a cualquier precio.

Reflexiona entonces acerca de los seres humanos y sus circunstancias, en cómo han sido sorprendidos por la explosión tecnológica de toda una nueva era sin apenas tiempo para adaptarse. Si ha sido posible empatizar, desarrollar sensibilidades de protección hacia las especies más amenazadas (para la propia lechuza era impensable, hasta hace poco, campear plácidamente sin sentirse en el punto de mira de escopeteros desalmados), además de ser capaz de involucionar hacia sus orígenes en el mundo rural -buscando nuevas alternativas y/o actividades como el turismo de la naturaleza-, no tardará en acomodarse a los nuevas reglas, asumiendo de forma  inteligente los cambios y poder así optimizar los beneficios del progreso...

Absorta en sus pensamientos, con los primeros rayos de sol despuntando ya por el horizonte, la protagonista de nuestra historia regresa a la paz del campanario, a su sesteo diario. Hasta que el reloj marque de nuevo las doce, hora de volar por encima de los sueños e ilusiones, sobre los tejados sin tiempo.

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