Balcón del Valle

La Cruz del Zahor

Encuentro de soñadores

David Rios

“Al pie de Sierra Nevada, está la Cruz del Zahor...”, con este estribillo comenzaba aquella antigua canción tarareada una y mil veces por mis compañeros de aventuras en aquellos maravillosos veranos de mi niñez. Levantabas la cabeza para festejar el último gol en la Razuela -inolvidables los duelos fratricidas Nigüelas vs. Granada, con trofeo de copa de yogur envuelto en papel de estaño incluido- y allí estaba ella, imponente y misteriosa, señoreando las cumbres. Todas las miradas hacia las montaña acababan confluyendo, irremediablemente, en la silueta de la Cruz del Zahor.

Cuenta la leyenda que su estratégica localización data de tiempos de la Reconquista, marcando los nuevos dominios del cristianismo. Lo cierto es que el diseño y ejecución de la Cruz, en su estado actual, se debe a un grupo de personas de cuya amistad y afán por mejorar el patrimonio cultural del pueblo nació este hito en los confines aéreos del Valle. Hacia la década de los setenta del siglo pasado, estos soñadores unieron conocimientos y el sudor de sus propias manos para ponerlos, de forma totalmente desinteresada, al servicio del bien común. Para y por los vecinos de Nigüelas y de otros pueblos limítrofes como Dúrcal y Acequias que aún hoy seguimos disfrutando de este auténtico monumento erigido, eterno, sobre la memoria del Valle.

La idea nace del entrañable Paco Fernández Ortiz, de profesión inventor (llegó a desarrollar múltiples e interesantes patentes para boquillas de riego y pilares para abastecimiento de agua), que se pone en contacto con los hermanos Silverio y Antonio López Ortega, conocidos como “Los Genaros”, hijos de Antonio Genaro.

 

Según el testimonio de ambos hermanos, por aquellos años existía en el lugar una pequeña cruz de madera, llevada allí por los misioneros que hace más de un siglo predicaban de pueblo en pueblo. De aquella época es la canción conservada por la tradición oral  “Que viva, que viva la Cruz, que viva , que viva Pedro Prim, que fue quien la llevó...”. La creencia popular de que la madera de la cruz, quemada, aliviaba el dolor de muelas junto a los efectos meteorológicos de muchos inviernos acumulados en su frágil estructura, la llevaron al ruin aspecto con la que la  encontraron los protagonistas de nuestra historia.

La expedición para reemplazar la vieja cruz de madera se organiza en dos fases. En la primera de ellas, un domingo cualquiera de comienzos de primavera de los años setenta, se transportan los materiales a lomos de bestias. Manuel López Lizancos aporta de forma altruista tanto su esfuerzo como el de sus mulas para tal desempeño, llenando las alforjas de pesadas piezas angulares metálicas y demás tornillería que luego conformarían la cruz.

Emprenden su camino por la margen izquierda del río Torrente, remontando las faldas del Pinguruchi para cruzar al poco tiempo, por el paraje de la Solana, el río. Dejando atrás la duras rampas de la margen opuesta del río, atacan definitivamente las cumbres del Zahor atravesando Haza LLana. Llegan a su destino en torno a las dos horas de salir de Nigüelas.

Una vez allí, desmontan lo poco queda de la cruz de madera, descargan los materiales de las mulas e inician la ardua tarea de excavar una zanja para el cimiento de la estructura. El entorno predominantemente rocoso no favorece dicha labor, pero finalmente encuentra un emplazamiento próximo al de la cruz original, de material suelto, donde escarban a una profundidad no superior al metro y medio. Los hermanos Silverio y Antonio López Ortega introducen los primeros hierros en la cavidad, rellenándola luego con hormigón elaborado sobre el terreno y dejando las oportunas esperas sobre las que luego ir levantando, pieza a pieza, la cruz.

Al siguiente domingo la expedición vuelve a subir, ya sin las bestias, para ejecutar el resto de la estructura. Con gran maestría y con la garantía adicional que supone hacer las cosas de manera totalmente vocacional, desde el corazón, nuestros queridos Silverio y Antonio, “Los Genaros”, construyen en esa mañana de domingo la cruz. Atornillando cuidadosamente angulares entre sí, a modo de un mágico mecano cuyo resultado, de unos siete metros de altura, puede aún disfrutarse desde la mayoría de los pueblos del Valle de Lecrín.

Y todo esto gracias también a otras personas como el propio Paco Fernández Ortiz o Antonio Casares, que volvieron a subir a los pocos días para colocar unas chapas sobre la estructura metálica de la cruz que la hicieran más visible desde la distancia, o a gente que actualmente sigue velando por el buen estado de la misma como Carlos Taboada. Se lo debemos a todos ellos, como a tantos senderistas y vecinos anónimos que han hecho suyo este rincón singular de la montaña, destino de sueños sobre las nubes y los tajos descarnados, de las plegarias de los habitantes del Valle que la buscan cada día, desde siempre, desde su primera mirada consciente hacia las alturas.

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