Historia de la vida cotidiana XV:

La vendimia y el mosto

Eduardo M. Ortega

Llegado diciembre tras la pisa de la uva en septiembre, ya el mosto ha hervido en su tinaja, y como tal se ha aposentado y ya está fresco, limpio y cristalino para ser servido, entonces apunta ya el grito de la matanza del cerdo en el silencio de las calles y todo será jolgorio y fiesta. La cosecha ha fructificado a través de esa transformación de azúcar en alcohol, y ahora todo el Valle, será un reflejo en este limpio y puro líquido elemento, la fermentación ha echado fuera de sí todas las impurezas, así como el vino debería de ser la entrada del nuevo año, triturar, depurar lo malo para nacer a lo limpio y nuevo… Como dice Hesiodo en sus obras, celebremos el vino y una bacanal en cada pueblo que cante unido, en nombre de del Dios Baco a modo de libación, el ritual órfico, en el año nuevo y como dice Miguel Delibes : “Permitamos que el tiempo venga a buscarnos en vez de luchar contra él…” Así ha venido a buscar fecunda la tierra a la parra, y de allí a la hoja, de la hoja al pámpano, de ahí al racimo, del racimo al lagar, del lagar al tonel o a la tinaja y de ahí a la mesa. Y ahora tranquilos miremos al cielo, si el cielo del valle es alto parafraseando a Delibes, será porque lo han levantado los campesinos en silencio fecundo de tanto mirarlo. Ahora brilla e la botella el dulce néctar y es como una clepsidra del tiempo en el Valle, que reza en su memoria el camino de la semilla, la flor y el fruto. La viticultura, es el camino del vino y no exactamente la taberna o la vinoteca, porque en ella se comprenden las tareas y faenas agrícolas como un sendero hacia la satisfacción del trabajo bien hecho.

 

El mosto se escancia y huele a fruta y a viento, a tierra y a madera de la tierra del Valle, sus taninos llevan impregnado la esencia de la vida, la sustancia que le da color, olor y sabor y cuando se bebe en silencio, el vino canta “In vino veritas” , en el vino está la verdad del trabajo en el valle, y del arte de la bodega. Llegó la vendimia pasó de golpe como un ciclón venturoso cuando los vientos del valle suben y bajan por sus faldas, acariciando las hojas de las parras… Son los vientos anabáticos y catabáticos, me dijo un geógrafo, y el señor de las cabañuelas, les dio su nombre: Marea, norte, levante, tal vez poniente, y calma. La paz del valle duerme en medio de la calima estival, los frutos maduran como un milagro, la naturaleza canta y persevera en el Valle, y el aliento solar fecunda los frutos. Esas uvas frescas: rojas, negras, tintas, rosadas, blancas, que saludan al viento anuncian fieles a su cita la llegada de la cosecha. Entonces el campesino, el paisano del valle se apresura a recoger su tesoro, y ya el verano empieza a enmudecer, porque todo está consumado: la tierra, el campo, el fruto, y un brindis por la vida y la tierra. ¡Ay amigos el color, el color del vino, reflejado en la mirada! ¡Ay amigos la alegría de la fiesta sueña las penas y suspiros en la vespertina tarde! Y el oro del vino, el charol y mate dilata las pupilas del caminante, diciembre ya ha llegado, enero estás cerca, el Valle duerme en su humilde refugio… Y de repente prorrumpe un quejido soñoliento que nos despierta a ti, y a mí por todo el Valle… ¡Amigos, el vino canta, y llena de voces de jilguero la tan ansiada y soñada primavera, y gimen en voz de parturienta y abre bronco las gargantas, dilata los sentidos y se hace uno con todos y todas, hombres, mujeres abrazados en una sola voz palpitante, una libación de amor y vino, de cielo y llanto, la tierruca se entrega en ofrenda, y levantando la copa, el vaso, alzamos los brazos, unidos todos, en perenne agradecimiento!

 

 

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