Historia de la vida privada XL:

Recuerdos del Valle

Eduardo M. Ortega

La vida en el Valle como en muchos pequeños pueblos de nuestra extensa geografía, no está exenta de sus altibajos y sus sucesos, sus ires y venires, así como la preocupación, pero también la fiesta. El alma del paisano del Valle, es un alma limpia y sedienta en la búsqueda de un porvenir seguro, y de una vida tranquila tras el esfuerzo. Muchos han dejado atrás sus viajes al extranjero, unas veces solos, otras acompañados de sus familias e hijos, y ese dulce sabor o a veces sin sabor de haber tenido una vida paralela, una en otro país de emigrante, otra en España, con lo que se llevan a sus espaldas ese sentimiento en parte profundo de desarraigo y una cierta tristeza. Los recuerdos del Valle son como una sábana gigante, que se extiende desde el pasado, desde la niñez, y se proyectan en la juventud, y avanzan con el paso de los años. El paisaje a veces no siempre cambia, pero sí lo hace el ojo del observador, y en la medida que vamos envejeciendo y contando los años, nos parece que el tiempo transcurre más aprisa, como una especie de fuego, o de vela que poco a poco se va apagando. Atrás quedan los recuerdos de la fiesta, o de las labores del campo del avareo o de la siembra, o de la albañilería, de la tienda, del pastoreo, y de otros oficios de antaño, que hoy no siempre se llevan a la práctica con la misma entidad que hace cincuenta años.

Cada estación, entonces estaba llena de una serie de actividades agrícolas, y se aventaba y se trillaba en verano, y se arrancaban las papas, y después se sembraba el maíz o las habichuelas etc.… El tiempo transcurría de otra forma, pareciera que el sol calentase entonces un poco menos, y todo fuese más bucólico y sencillo a la vez. El tiempo transcurría como si fuese un trampolín hacia esos recuerdos, a su vez mezclados con los ritos de la vida y de la Iglesia, bautismo, matrimonio, y funeral…Como un rio en el devenir de donde nada permanece, y donde los hombres nuestros paisanos, aprendiesen cada día nuevas cosas. Luego la propia tecnología cambió todo de un golpe, y el campo y muchas otras labores comenzaron a ser distintas. Los días en el Valle van pasando callados e incólumes, como una nube de verano, que a veces nos da algún que otro chubasco. Los trabajos y los días, semejan a nuevas formas de ver el paisaje, como la aparición del turismo rural, así como de otro tipo de tareas. La nostalgia, también queda prendida en los recuerdos de muchos seres queridos y quizás otros que son desconocidos, pero que nos han abandonado, y que ya no volverán. Sin embargo el Valle es un eterno vergel y una usina de luz, una clepsidra de tierra y cielo, que expande en el infinito de los días, los inolvidables recuerdos. En el aire quedan grabados las canciones, las voces, los dimes y diretes, y los corrillos de vecinas y vecinos, donde la canícula estival nos daba paso a un nuevo verano. También a coro en el corral, de vez en cuando ladraban los perros, y se escuchaba el gruñido del cerdo, o el cacarear de las gallinas, o el canto al amanecer, del gallo… No había división de unos días frente a otros, sino que todos eran complementarios, de todo punto que nuestras idas y venidas como dice el libro bíblico del Apocalipsis están escritos en el libro de la Vida, me refiero a ese libro imaginario y rico, de las vidas y demás sucesos de cada vecina o vecino del Valle. A cada minuto, y segundo, como en una película hemos visto pasar este aluvión, esta corriente de sucesos de forma cíclica e intermitente, que nos ha atrapado en nuestra mente y corazón. No caigamos pues, en el mayor error y pecado de todos, que puede manifestar una cierta ingratitud, como puede ser el olvido, sino al contrario, apreciados amigos y lectores, al recuerdo y su memoria estamos todos convidados.

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