Historia de la vida privada XIX:

Los ríos del corazón del Valle

Eduardo M. Ortega

El rio de las Albuñuelas o rio Santo discurre desde la sierra de Albuñuelas y pasa quietamente por la localidad de Saleres, hasta desembocar en la presa de Beznar. A él lo cruzan o se acercan otros dos importantes, el Rio Grande así llamado en los siglos XVII y XVIII , que hoy se denomina de Durcal en su parte Norte,  y de Izbor en su parte de abajo, pero que son el mismo río. Pero encima del rio Durcal y llegando a Murchas también abraza él a dicho rio, el rio Torrente, he aquí pues los más importantes  ríos del Valle de Lecrin, en el corazón del Valle y que van a morir o descansar a la presa de Beznar, y otra parte al rio Guadalfeo, que desemboca en la presa de Rules. Cualquiera pensaría que estas corriente fluviales no tienen historia, porque su agua se renueva limpiamente a cada minuto, pero no es así porque sus cauces rememoran  y recuerdan la historia de días pasados, de batallas, y alegrías, y de fiestas y lutos. Lo que hace al valle fértil y fecundo son precisamente estos ríos humildes unas veces y caudalosos otras debido a un clima como es el mediterráneo. Estos sencillos ríos atraviesan barrancos y montañas, y los cruzan  y anidan entre ellos, se adaptan, serpentean, cantan y sueñan en el discurrir del tiempo.

El testimonio de las miles de personas que han hollado los senderos que transcurren al lado del Valle y los ríos, como el sendero de Gran Recorrido o GR-7, que cruza el Valle de Lecrín de Norte a Sur, y que lo acuna en su silencio. La vida de estos ríos se hace pues poderosa y cantarina, son ríos humildes, pero que con cierta bravura conquistan el paisaje del Valle. Por desgracia, no siempre en las escuelas se enseña lo más inmediato, el perfil de nuestra tierra, y nos vamos hacia afuera a estudiar otras magnitudes geográficas.

 

Antiguamente el hombre atado a la tierra de forma impertérrita carecía de ocio, hoy el ocio es un regalo de nuestro tiempo, y que nos permite el turismo y conocer  el paisaje del Valle, sus ríos, y montañas.

Cada río lleva pues en su corazón eones y miríadas de segundos de tiempo y de historia en la clepsidra de la vida. Ellos son la sangre de la tierra y de nuestro Valle fecundo y parte de su vida. Si pudiésemos pararnos al lado de la corriente de cada rio y rememorar que por cada lugar, por cada palmo de tierra, por cada  chino del camino, y cada piedra, rememorando en los segundos, tantos y tantos sucesos y acontecimientos dibujados y escritos en el árbol de la vida, comprenderíamos que no todo está perdido y que nuestro pasado está en un continuo fluir en el presente junto con la corriente del rio que se proyecta en el futuro. Esta forma de entender la historia y su recuerdo, nos lleva a una nostalgia inmarcesible, de hechos que ya no volverán. El hombre del Valle, en especial, el campesino sueña cada día con volver la mirada y escuchar en cada sendero y camino, en cada ventana y puerta, en cada recodo del camino, la llamada humilde y poderosa de la tierra.

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