Historia de la vida privada XI:

El alpargatero

Eduardo M. Ortega

La callejuela estaba silenciosa, y poco iluminada, con tesón y paciencia humilde, el alpargatero estaba cómodamente sentado junto a la mesa de trabajo y una silla baja, su traje de faena y un delantal de cuero que le cubre las piernas, el dedil en una mano, y una aguja de coser en otra, la luz del cuarto de trabajo centellea, apenas ilumina, mientras la tarde cae plomiza en la callejuela de este pequeño pueblo del Valle. Yo era pequeño, y así lo recuerdo, tendría sobre seis años, entraba alguien sonaba la campanilla de la puerta, y el alpargatero dejaba su faena para atender al cliente. También hacia este sencillo artesano trabajos de zapatería, y cosía diversas prendas de marroquinería en su máquina de trabajo. Sus herramientas eran escasas, y su oficio estaba a punto de desaparecer, era a finales de los años sesenta, y ya próxima a entrar la década de los setenta cuando la producción industrial en cadena iba a dejar en paro a nuestro protagonista. Eso mismo le ocurrió a las otrora mujeres trabajadoras incansables del esparto del barrio del Darrón(las esparteras) en la cercana y vecina localidad de Durcal. Me vino a la memoria la frase de San Pablo, que rogaba a todos sus discípulos y amigos que trabajasen todos con sus propias manos, para ganarse su propio pan y no ser una carga para nadie. El sentido del trabajo está arraigado en quienes desde su infancia habían heredado el oficio, de abuelo, a padre, y ahora al hijo. Antoñico “el alpargatero”, como le conocían en mi pueblo Nigüelas, tuvo éxito en su tarea pues ya desde la propia mili se especializó en todos los trabajos de zapatería del regimiento, y en especial de la compañía de trabajadores artilleros. Pero allí en el ejército los calzados eran fuertes y ricos, y en el pueblo el cuero escaseaba, era caro, y casi siempre, había que trabajar con las zapatillas de lino, o de cáñamo, y algún que otro señorito del lugar podía permitirse tener dos o tres pares de zapatos de cuero, los cuales traía casi siempre a abrillantar y repasar, dos de ellos para diario, y uno de ellos impecable para los domingos y días de fiesta. Fue en esa época cuando los zapatos de cuero llegaron a las clases populares en marcas como la de los calzados Gorila, el mejor amigo del niño desde el año 1942, y ahora que la economía estaba mejorando con la autarquía de Franco, estaban llegando cada vez a vestir más a las clases populares. Antoñico “el zapatero”, seguía allí sentado, una vez se había marchado el cliente mudo y cabizbajo, con la radio puesta y escuchando el serial de la novela Lucecita o de Viridiana, que cada tarde de manera puntual se emitía entre otras, apuraba tranquilo su cigarro de Chasca o de Ideales o Peninsulares, sin filtro, porque fumar tabaco rubio o con filtro estaba reservado a las clases más pudientes. Sin embargo, Antoñico vivía sereno y tranquilo, y eran ya las cinco y media de la tarde cuando su esposa Encarna, le avisó que era la hora de la pausa del café, la Iglesia del lugar había dado las campanadas, cinco toques, y dos medias, la tarde invernal en medio de las brasas de leña de la chimenea, caía de forma impenitente y callada. Los niños corrían en medio de las callejas, otros jugaban al mocho, y otras niñas saltaban a la comba. ¡Qué tiempos aquéllos de diversión y pasión por el juego!, entonces los móviles no existían, ni falta que hacía, el tiempo transcurría, dócil, sereno y tranquilo, y al compás de la aguja este estratega de la tijera, el hilo y el punzón, no perdía el compás, y creaba y recreaba un par de alpargatas, sus pequeñas pero necesarias obras de arte. Entonces el precio, era diminuto, una peseta, o peseta y media, o tal vez seis gordas y dos perrillas, o cinco perras gordas, dependía de la clase y calidad del material y cantidad de trabajo.

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