Historia de la vida privada LV:

Imaginario de la casa vacía

Eduardo M. Ortega

A mi recuerdo, a vuestro recuerdo, nos llegan los centenares de casas vacías, casas solariegas, otrora quizás algunas de ellas, en mitad del campo, molinos, alquerías, cortijos, que un día fueron lugar de cobijo de una familia, y que una vez muertos sus progenitores, no siempre los hijos las vuelven a habitar o a reconstruir. Estas casas nos traen el recuerdo de miles de escenas de familia, o de personas solitarias que nos hablan en el silencio. Allí han quedado impregnadas en sus paredes encaladas, sus vivencias, sus sentimientos, sus alegrías y penas y todos sus recuerdos. La casa es como un pequeño vergel que acoge a la familia, y a los hijos, una figura que poco a poco con el paso del tiempo empieza a ponerse en tela de juicio y a ser un tanto denostada. Allí se hablaba con mucho respeto a padre y madre, o a lo que dijo papa, o mama… Estas casas y sus jardines y plazas de alrededor están también impregnadas de los juegos de niños, y de las charlas veraniegas de los vecinos y vecinas, que compartían el declinar de la tarde a la sombra, y buscando un poco de fresquito. La casa vacía nos trae a la memoria también enfermedades, y dolores, y como no, no sólo nacimientos, y bodas, sino también óbitos, muertes, duelo, luchas contra la enfermedad, en algunos casos de carácter repentino e inesperado. En otras épocas se bendecían las casas, ahora quizás menos, y también a modo de las antiguas religiones paganas como la romana, que se consagraban a sus propios lares y penates, se las encomendaba a algún santo, normalmente patrón del pueblo, a la virgen o las ángeles de la guarda, con especial ahínco en los arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael, y en algunos casos se le construía una hornacina en su memoria donde se pensaba y creía que habitaba su presencia y su espíritu.

En la época de guerra civil, también fueron dichas casas, lugar de escondite, todavía recordamos cómo algún maquis que otro de nuestro valle, excavaron un zulo contiguo en la alacena y por allí les pasaban sus familiares, con riesgo de exponer la propia vida, la comida, el agua, mantas, y la escupidera para atender sus necesidades, pero lo más curioso de todo es que alguno pasó un año o más en tamañas condiciones, mientras se decía o corría la voz por el pueblo que fulano estaba en el monte o había desaparecido (porque ser comunista, socialista o republicano en la postguerra era como ser el diablo con rabo al que había que exterminar en pro de la causa de la nación española, una grande y libre) . Luego había y hay casas especiales, que siempre han tenido una especial dedicación o nombre en los pueblos: la casa del cura, del médico, boticario, del cacique o gran propietario de turno, el ayuntamiento, etc…Estas casas vacías que nos hablan de la miseria de la postguerra y que sufrieron el hambre y el horror de las cartillas de racionamiento, donde la televisión aún no había llegado, y sólo algunos privilegiados tenían una radio, casas vacías en las que resuena en su chimenea el chisporrotear de la lumbre en invierno, haciendo pleita, o bebiendo el vino mosto(entonces apenas se conocía la cerveza), o tostando garbanzos, o haciendo rosetas, o escuchaban el cante flamenco… Vidas humildes, con intrahistorias de sencillez y felicidad… Quizás ahora tenemos demasiadas cosas y quizás no somos todo lo felices que debiéramos. La casa vacía con los padres en medio, nos recuerda en sus ecos las canciones, las habladurías, a veces las discusiones, en otras las madrugadas con la matanza del cerdo, en muchas los conejos y las gallinas y gallos cacareando, y los mulos y mulas, burros y burras en las cuadras que de vez en cuando rebuznaban, junto a la cabra, y algún que otro roedor que merodeaba por aquéllos lares, y junto a ellos el perro o los perros, y mirando en el tejado los gatos, y más allá debajo de las vigas de madera, los nidos de golondrina, y entre los agujeros de las tejas anidaban algún mirlo que otro, y como no el simpar gorrión. Cuando no había llegado la luz eléctrica a los pajares y corrales, se usaba una linterna de petaca, o un candil, prendido en un farol, el mismo que hacía las veces para salir a regar en los turnos de noche… Las construcciones de antaño eran sólidas, y las casas eran frescas en verano y acogedoras, aunque frías en invierno. En el pequeño huerto bullían las flores, especialmente las rosas y algún que otro manzano, caqui, o naranjo o limonero… En el recuerdo del tiempo, gracias a Dios que no había ambientadores, ni falta que hacía, todo quedó prendido del azahar y henchido en la memoria de este nuestro Valle, y del tiempo. Y allí cuando te acercas y estás callado, surge la leyenda entre sus paredes, vigas, huecos, la escena se repite, el Valle bulle, gime, canta, ríe, crepita, sueña, en el espleen nocturno diamantino de silencio. La campana de la iglesia toca a misa de la tarde, el funeral de alguien que ya dejó para siempre el hogar cotidiano, la casa impertérrita y vacía, quizás para subir a los cielos. Termina la escena, tras el entierro, y cómo comentan los vecinos en la plaza, que ya fulano con el sanbenito del mote a cuestas, no está, que ya se ha ido, una casa más que ya no abrirá ni cerrará la puerta cada día, en el pueblo.

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