Historia de la vida privada LIII:

La soledad  en el Valle, la historia de Julián

Eduardo M. Ortega

Julián somos o seremos tal vez cada uno de nosotros, cuando lleguemos a cierta edad, cuando ya a efectos de la sociedad no contemos para mucho, o simplemente los amigos se van yendo o muriendo, o tal vez tú mismo o la esposa. La soledad en el Valle como en muchos otros lugares del mundo es un problema principal y un gran hándicap, pues la falta de alegría a veces acelera las enfermedades, e incluso el deterioro mental. Julián es pues un anciano que apenas ya ve, oye poco, y el Parkison le está rodeando la cabeza. Antiguamente había sido un poco de todo, había sido aprendiz en una tienda de cordelería, y después pasó al campo, y fue pastor, gañan de yunta de mulos, y poco después albañil, y tal vez en sus últimos años de vida soñó con ser encargado. Los huesos pues molidos de tanto ir y venir de llevar un vida sana, demasiado sana dirían algunos, pues con tanta pureza de vida, y arduo trabajo, poco descanso y a veces poca comida, la cosa se hacía cuesta arriba. Trató de ser emigrante, pero no duró más de dos años, pues la morriña de la tierra y de su familia, lo tenía atrapado en sus brazos. Julián a veces se enternece cuando escucha el himno de España, o simplemente un pasoboble, o cuando a modo de las imágenes de un cine o de un diaporama, ve pasando los recuerdos, esos que ya no volverán. En su soledad medita día y noche, y mastica en sus entrañas, cuando era niño y se subía a los árboles a coger nidos, o cuando el guarda le tiró el callado, o simplemente cuando atrapaba abejorros para volarlos, o hacía liria para atrapar verdosas, o escalaba por los tajos del Zahor, sin miedo alguno.

Después como lo midieron y tasaron al entrar en quintas, y cómo afortunadamente por un problema de los pies planos, y tener muchas cargas familiares y la madre viuda, no tuvo que hacer el servicio militar. Ahora Julián hojea el álbum familiar que dormita en su recuerdo, las fotos de antaño, y los hijos que lo visitan de vez en cuando, aunque a veces como andan tan ocupados de acá para allá, ni siquiera lo llaman por teléfono. Y es verdad le dijo un día el cura del pueblo, no es lo mismo una soledad de la persona voluntaria, que una soledad impuesta por el silencio de la vida. Ahora la gente apenas habla decía Julián, están todo el día con el chisme del móvil, y la vida se le hace cuesta arriba. Julián por esos mores de la vida, se quedó viudo hace ya cinco años, pero su edad es avanzada, y apenas pudo rehacer su vida, y sus hermanos, todos sus hermanos, también han fallecido ya, y tantos y tantos recuerdos y contraluces. No olvida aquéllos días de fiesta, cuando una vez o dos al año, bajaba con cinco duros de los de entonces y tomaba el tranvía de Durcal hacia Granada, sobre todo en las fiestas del corpus, tal vez un par de veces al año. Y cómo visitaba las distintas iglesias, de Granada a Julián le gustaba mucho el arte, y aparte a veces aunque no tenía mucha educación, le gustaba leer, rezar, orar en silencio, y por ello se apuntó al movimiento de la acción católica. También le gustaba y gusta mucho reunirse con los amigos en la chimenea, a hacer rosetas, tostones, garbanzos y asar carne en la lumbre y tomar vino, pero muchos de los amigos ya no están, o simplemente no pueden ni moverse de mayores que están. Eso sí cuando ve a sus nietos, le alegran la vida y se siente proyectado y los ama y quiere como sus segundos hijos, pero tampoco los ve mucho. Julián está sólo, y una mujer le hace las faenas de la casa tres días por semana, su panorama es sombrío porque el andar se le va dificultando, y es muy probable que acabe en una residencia de esas concertada con el seguro. Reflexiona Julián es como cuando un coche o un mueble, que ya están usados y gastados, ¿A dónde lo llevan? a la chatarra, eso sí antes le quitan las piezas que sirven es decir, si pueden de paso los hijos le limpian la cartera y lo reciclan. Por desgracia, algún que otro hijo hace chantaje a los padres por dinero(yo he conocido a varios, y padres que tienen dinero y no se acuerdan de los hijos) y quiere más y más, y si el padre no le da sus pobres ahorros, pues se desentiende de él; eso no son hijos le decía yo, eso son lobos, como dice el refrán castellano: “Cría hijos, cría lobos, cría cuervos y te sacarán los ojos”. Le dije yo que en la vida hay también buenas personas, pero también hay pájaros de cuenta, como los que exponía Miguel Delibes en su obra, al hablarnos del cárabo, la grajilla y el cuco. Por suerte o desgracia, hay muchos cucos de paso, cucos que nos dan mil vueltas, y hacen verdad el refrán que dice: Pájaro que nunca anida, pone el huevo en otro nido y otro pájaro los cría. Ahora se ve Julián como un pájaro cualquiera, porque a veces se encuentra o encontró algún que otro cuco, un pájaro de cuentas. Julián sigue paseando y soñando las tardes y las sendas de su pueblo del Valle, y con la nostalgia en los ojos, y con la fe de sus mayores en los labios, sólo implora, cae de rodillas, y en la Iglesia, con la mano en el pecho, dice susurrando con voz rota, entrecortada ¡Dios mío, perdón! Sabe que quizás le quede poco tiempo, y humilde y callado mendiga una sonrisa. Sale a la Calle Julián, y un niño de seis años, le sonríe amablemente y lo saluda, y entonces Julián se le acelera el pulso de alegría, entonces su enorme corazoncito bulle crepitando de felicidad.

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