Pena. Penita, pena

Ramón Sánchez

 

Para cuando ustedes lean estas líneas, el Mundial futbolístico habrá pasado a mejor vida. Una magna cita deportiva que ha supuesto para nuestros aficionados la tercera decepción consecutiva en otras tantas grandes citas. Sí, el fracaso de la selección española fue tan rotundo como inapelable ante unos rivales mediocres que consiguieron hacerla salir por la puerta de atrás.

A la hora de buscar culpables del ridículo, surge la figura del nuevo presidente de la Real Federación Española de Fútbol. Cierto es que ni Florentino Pérez ni Julen Lopetegui supieron escoger el momento preciso para hacer público su pacto, y que los jugadores exhibieron una alarmante carencia de ideas, pero no es menos verdad que Luis Rubiales dejó patente su incompetencia; no se puede llamar de otra forma al hecho de que, en un rapto de rabia y orgullo mal entendido, cesó al seleccionador que llevaba una veintena de partidos invicto y gozaba del favor de los jugadores, a pocas horas del comienzo de la competición.

El refranero español apunta que “alguien vendrá que bueno te hará” y mucho me temo que, al final, vayamos a echar de menos a Villar. Porque Rubiales sigue sin bajarse de la burra (“Hice lo correcto” declaró una y otra vez) y no conforme con eso, está dispuesto a seguir metiendo la pata.

 

De momento, ha nombrado a Luis Enrique nuevo seleccionador nacional. Y lo presenta como una hazaña suya, alegando que el ex técnico blaugrana se ha conformado con 1’7 millones de euros, rechazando una propuesta del Chelsea, que le ofrecía ocho millones, y otra de China por valor de 10 millones. ¿Hay quien se crea esto? ¿Iba a desaprovechar el asturiano la oportunidad de ir a la Premier perdiendo más de cinco kilos? Por supuesto que no.

Por otra parte, nadie ignora que Luis Enrique, un ególatra despótico como hay pocos, siente verdadera animadversión por todo lo que huela a Real Madrid (dijo que Piqué se quedó corto en sus críticas al club blanco) y por todos son conocidos sus enfrentamientos con la prensa. Cuando estaba en el Barça, en cierta ocasión manifestó: “Si no os gusta mi estilo, me importa un bledo” y a una colega, tras un entrenamiento, le espetó: “No es que no te entienda, es que hablas muy raro. No sabes vocalizar”. En cuanto a sus ideas, hace unos meses en Youtube comentó: “Los catalanes son la hostia; están muy adelantados a España”. Este es el personaje que va a llevar a dirigir a nuestro equipo nacional.

Y por si esto no fuera suficiente, Rubiales es, como un político cualquiera, partidario del amiguismo. Así, ha nombrado a su íntimo José Francisco Molina, como director técnico, en lugar de Fernando Hierro. Y es que ambos jugaron juntos en el Levante, porque, aunque no lo crean, el ahora presidente también fue futbolista. Aunque mediocre, mediocre.

En fin, volvamos al Mundial. Mediaset ha cubierto el torneo de manera eficiente y completa, bien por Cuatro o Telecinco. En su debe, hay que decir que no acertó a la hora de elegir sus comentaristas. José Antonio Camacho dejó patentes sus carencias idiomáticas, como decir “vaticinio” en lugar de “análisis”, “Instrucciones” en lugar de “direcciones” y empeñarse en que la selección estaba jugando “bastante bien”.

Lo de Kiko es casi peor. Debería consultar con algún amigo que le mejorara su pobreza de lenguaje. Cuando le oyes repetir 19 veces “a día de hoy” y otras 14 “la criatura” no queda otro remedio que dejar el televisor en silencio. Más discretos los relatores, aunque tuvieron la manía de que cuando cualquier jugador hacía algo bueno, insistir: “¡Qué gran torneo está haciendo Fulanito!” “¡Vaya partido el de Menganito!” con lo cual, al final, había 100 o 200 jugadores que se habían salido.

En fin, que todo fue deprimente. Como decía Juanita Reina, pena, penita, pena.

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