Olor a naftalina

Ramón Sánchez

 

Durante los últimos 20 o 25 años, el mundo del deporte ha ido evolucionando en su reglamentación, adaptándose a nuestra época. El ejemplo más palpable lo tenemos en el baloncesto y el tenis, mientras que, por el contrario, es el fútbol el que se ha quedado más anclado en el pasado. Tanto es así, que empieza a desprender cierto tufo a naftalina, a antiguo.

Ahora, el mundo futbolístico quiere salir de su letargo con la implantación del VAR o vídeo arbitraje, y el Ojo de Halcón. El primero va a suscitar no pocas controversias, ya que obligará a parar el juego con más frecuencia de la que el espectador está dispuesto a admitir. Sin embargo, parece que servirá para reparar no pocas injusticias. La única ‘pega’ es que los jugadores tendrán que mostrarse precavidos a la hora de expresar su alegría tras marcar un gol. En un momento, su gozo puede ir al pozo.

Lo del Ojo de Halcón, copiado del tenis, resulta indispensable para saber si el balón ha rebasado, o no, la línea de gol. En su reloj de pulsera, el árbitro comprueba si el tanto deberá subir al marcador o debe continuar el juego.

 

Sin embargo, hay un detalle sobre el que deberían tomarse medidas. Me refiero al cuento que le echan los protagonistas cuando el marcador les es favorable. Basta un mínimo roce, un golpecito, para que el jugador se desplome sobre el césped como si hubiera recibido un tiro en la nuca. ¡Qué actores se ha perdido nuestro teatro!

Una dramatización que se cortaría de raíz si el futbolista que tiene que ser atendido en la banda (con excepción de aquellos que salen en camilla o tengan que retirarse), en lugar de volver a entrar inmediatamente, tuviera que esperar 10 o 15 minutos antes de que el árbitro le permitiera regresar.

Hace unas semanas, me llevé una alegría enorme. Jugaban el partido de vuelta de ascenso a la Segunda División, el Rayo Majadahonda y el Cartagena. En la ida se habían impuesto los cartageneros por 2-1. Y durante el decisivo encuentro, el Cartagena brindó un deplorable espectáculo, con continuas pérdidas de tiempo y lesiones fingidas. El marcador estaba 0-0 y, acertadamente, el árbitro dio 7 minutos de tiempo suplementario.

Entonces, ¡milagro!, cuando faltaban sólo 10 segundos para llegarse al final, el cabezazo de un defensa cartagenero dio el ascenso al Rayo. A la memoria me vino aquello que decíamos de pequeños, de que Dios castiga sin piedra ni palo.

Hay que poner coto a todos estos aspirantes a hacerse con un Goya de interpretación que se visten de futbolistas. Mientras no se tomen medidas, el fútbol seguirá desprendiendo cierto tufo a naftalina.

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