Lo tuve en mis manos

Ramón Sánchez

 

A punto de doblar la penúltima esquina de la vida, esa que separa el ayer del hoy, me vienen a la memoria, muchos de los personajes con los que he tenido relación, e incluso he hecho amistad, a lo largo y a lo ancho de más de cinco décadas de profesión periodística. Por ejemplo, así, a botepronto, John McEnroe, Martina Navratilova, Bjorn Borg, y, por supuesto, todos los españoles, encabezados por Manolo Santana y Rafael Nadal; en el boxeo, Cassius Clay, ‘Mantequilla’ Nápoles, Pepe Legrá o Pedro Carrasco; en el fútbol, todos los componentes del Real Madrid y del Atlético, entre los años 70 y 80; en el mundo artístico, Harrison Ford, Carrie Fisher, Mark Hamill, Julio Iglesias Duo Dinámico, Luis Gardey o nuestras Carmen Sevilla y Marisol… En fin, quiero pensar que lo mejor de lo mejor.

Curiosamente, he recordado un hecho que, sin yo quererlo (y perdonen el personalismo) pudo haber tenido repercusión en la historia del deporte español. En aquellos días, estaba muy relacionado con el squash, actividad en la que un jovencísimo de apenas 17 años, Carlos Sáinz Cenamor, era el campeón de España. Los equipos nacionales masculino y femenino de este deporte, iban a salir a competir por primera vez, en un torneo de cuatro naciones a disputar en la ciudad austríaca de Kitzbühel. Sería allá por 1969 o 1970.

Entre ellas, figuraban Concha Galatas, Asunción Zamora y Pilar Palanca; en el capítulo masculino, Santi Nieto, Javier Pellón y el propio Carlos Sáinz. Había más nombres, pero, francamente, mi memoria no da para más. Como jefe de la expedición, el padre de Carlos, Antonio Sáinz, a la sazón vicepresidente de la Federación Española, que tuvo el detalle de invitarme a viajar con los equipos.

Al llegar al hotel de Kitzbühel, jugadores y jugadoras se dirigieron al comedor para la cena, mientras que mi amigo Antonio me dijo que él y yo íbamos a cenar fuera. Una agradable velada a los postres de la cual, mi interlocutor me espetó:

-Tienes que hablar con Carlitos. Su madre y yo estamos muy preocupados porque ahora quiere dedicarse al automovilismo y tenemos miedo de que haya escogido este deporte tan arriesgado. Él te tiene bastante respeto (no hace falta decir que soy bastante mayor que Carlos) y quizá te haga caso.

Al día siguiente, durante el desayuno, aproveché la oportunidad y le expuse a Carlos los dolores de cabeza que su decisión podría acarrear a sus padres, pero su respuesta fue rotunda:

-Mira Ramón, ya he tomado una decisión y esta no es otra que dedicarme a los coches. Comprendo que mis padres estén preocupados pero mi porvenir está en el automovilismo.

En vista de lo cual, no volví a insistir. El chaval tenía las cosas muy claras. Y es evidente que tenía sus razones. En los años siguientes, Carlos Sáinz se proclamó campeón del mundo de Rallies en dos ocasiones (1990 y 1992) y obtuvo otros 26 triunfos en competiciones internacionales haciéndose acreedor al apelativo de ‘El Matador’. Luego, decidió probar suerte en el Dakar y hace algunas semanas, ¡a los 57 años!, obtuvo su tercer éxito en prueba tan exigente.

La tradición continúa en su hijo de igual nombre (Vázquez de segundo apellido) que ya está haciéndose notar en la todavía más complicada jungla de la Fórmula Uno. Y es lo que yo pienso, ¿habrá tenido él los mismos problemas que su padre con sus abuelos? A buen seguro que no.

Por todo ello, me pregunto: ¿qué habría pasado si yo hubiera tenido más capacidad de convicción o Carlos menos seguridad en sí mismo? Ni más ni menos, que el deporte español habría perdido una de sus mejores figuras. Y me alegró enormemente por ambas cosas.

Finalmente, una reclamación: ¿Cuál es la causa de que Carlos Sáinz Cenamor no haya sido premiado con el Príncipe/esa de Asturias? Algo incomprensible.

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