Madureces

Ramón Sánchez

 

En los últimos tiempos, parece haberse  puesto de moda (aunque no tanto como los insoportables “lo siguiente”, “a día de hoy”, “no queda otra” “es lo que toca”, etcétera, etcétera) tanto en el lenguaje hablado como en el escrito, el término “madurez”. Lo que ocurre es que la palabreja tiene diversos matices.

De acuerdo al diccionario, “madurez” viene a significar el hecho de que cualquier objeto o persona, ha alcanzado su momento óptimo, en contraposición a cuando, de alguien o algo, decimos “que está verde”. Y adaptándolo al mundo del fútbol, suele referirse a aquél jugador que ha asimilado su aprendizaje y está en condiciones de dar su máximo rendimiento.  O sea, Odegaard.

El jovencito noruego que el Real Madrid fichara cuando apenas tenía 16 años y eran varios los clubes europeos que querían contratarle (con 13 años hizo pruebas en el Bayern Munich y Manchester United), se ha convertido en una de las grandes figuras de la Liga española enfundado en la camiseta de la Real Sociedad.

Y conste que a Odegaard no le ha resultado nada fácil llegar a donde está actualmente. De entrada, el club madridista lo dejó en el Castilla en donde no rayó a la altura esperada. Luego, para que se fuera ‘haciendo’ el rubio centrocampista estuvo un par de temporadas en los Países Bajos, concretamente en el Sportclub Heerenveen y SBV Vitesse, en los que ya dio muestras de su enorme clase.

 

Sin embargo, ha sido este año, en la Real Sociedad, donde Odegaard se ha convertido en relevante figura.  De esta forma, todo parece indicar que, a final de temporada, el Real Madrid le reclamará y lo incorporará a sus filas.

A su favor está el que no es español, con lo que Zinedine Zidane, alérgico a los jugadores nacionales (con Reguilón y Ceballos triunfando fuera del Bernabéu) no tendrá impedimento alguno en contar con él.

Sin embargo, como apuntaba al principio de estas líneas, hay otro tipo de madurez, en el que el trabajo y el esfuerzo son sustituidos por la comedia y el engaño. Me refiero a aquella que está consiguiendo que muchos aficionados al fútbol, entre los que me encuentro, vayan perdiendo la afición por este deporte.

En resumidas cuentas, a aquellos jugadores que se caen de puro ‘maduros’. A los que al sentir el más mínimo golpe en cualquier parte de su cuerpo, se tiran al suelo sujetándose la cabeza como si acabaran de recibir un tiro en la nuca.  Unos comediantes que harían mejor en subir a un escenario que saltar al terreno de juego.

Y si no están convencidos, hagan la prueba. Cuenten las veces que estos sinvergüenzas intentan engañar al árbitro. Yo lo hago con frecuencia y les aseguro que en cualquier partido que se  celebre en nuestro país, el juego se interrumpe no menos de 30 o 35 veces. Así, no hay espectáculo que valga.

Lo curioso del caso es que el jugador que se desploma pertenece casi siempre al equipo al que favorece el marcador, bien sea por la victoria o con un empate a domicilio. Y en numerosas ocasiones, al caer, lo primero que hacen es mirar por el rabillo del ojo al colegiado para ver si ha pitado la falta o no.

En fin, que, insisto, hay distintos tipos de madurez. Lo peor del caso es que el segundo no suele castigarse como se merece. Una pena.

 

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